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viernes, 29 de julio de 2016

NOCHE DE COLMILLOS

Escritores Creativos Castillo Pittamiglio 2016
Acercamiento a la literatura gótica

Diego Prestinari

Igor volvía del pueblo lindero a los montes Cárpatos con el carruaje cargado de provisiones. Las hojas secas se levantaban con el pasaje de los caballos que lo tiraban. A los metros debió moderar la marcha; tuvo que transitar una zona en tinieblas y un camino con muchas piedras. De repente, sintió un ruido que vino del bosque. Giró y tomó la escopeta que estaba a su costado. Observó que era un viejo alce. Prosiguió la marcha y el fuerte viento tiraba grandes ramas sobre el empedrado trayecto.
Cuando consideró que debía acelerar para evitar la tormenta que se avecinaba, notó la presencia de una persona recostada sobre un árbol que solicitaba auxilio con una de sus manos alzada. Se lo notaba agotado y con su vestimenta deteriorada. Igor bajó del carruaje, no descuidando los movimientos del individuo a socorrer. Se aproximó con cautela y le solicitó que se identificara.
-Gracias por su asistencia, estoy muy herido, me llamo Demyan. Soy de Moravia. Estaba cazando osos pardos cuando fui atacado por las brujas del bosque. Me encuentro mareado, le pido por favor que me ayude.
-Bien, lo llevaré al castillo de mi amo- dijo Igor tomándolo del brazo y ayudándolo a subir al carruaje.
            Durante el camino Demyan le informó lo sucedido. A su vez, Igor le contó que era criado del barón Dimitri y que en el castillo vivía la familia que estaba conformada por la esposa del  barón llamada Alexia y sus dos pequeñas hijas mellizas Oxana y Lesia. El barón Dimitri tenía como criados a Marcus e Igor, quienes se encargaban del mantenimiento del castillo y de proteger a la familia. También era morador permanente el anciano Sergius, que oficiaba de consejero y médico.
            A la hora llegaron al castillo de piedra que estaba rodeado de grandes pinos y ubicado sobre una meseta llena de rocas. Sus cuatro chimeneas humeantes eran tapadas por una espesa niebla. Marcus abrió las puertas de madera para recibir el carruaje con Igor y Demyan a bordo.
            -Igor, ¿quién es esta persona?- preguntó Marcus, ayudando a descargar las provisiones.
            -Estaba desamparado en medio del bosque de las brujas, dice que fue atacado por las hechiceras- respondió Igor bajando del carruaje.
            -Bien, sabes de lo que piensa el barón de las personas extrañas. Debemos llevarlo con Sergius para que controle su salud, y especialmente su cuello sí estuvo con las hechiceras -indicó preocupado Marcus.
            Una vez en la amplia sala de una de las torres del castillo, Sergius comenzó a interrogarlo. Demyan contó su historia con los mismos detalles que le había comentado a Igor. Fue convincente. Dice que fue abordado por las brujas del bosque que lo maniataron y lo llevaron a una choza. Ahí lo durmieron haciéndole beber una pócima y luego no recordó nada más. Cuando despertó, ya estaba en el bosque a merced de los lobos salvajes y con muy poca fuerza.
            El viejo médico, se colocó sus anteojos, bajó el cuello de la camisa de Demyan y comprobó que no tenía marcas de ser mordido por las brujas del bosque, que solían practicar el vampirismo y procuraban extender ese mal sobre las poblaciones rumanas y checas. Las brujas del bosque tuvieron varios intentos de atacar el castillo pero fracasaron.
            Sergius se presentó ante el barón Dimitri y le explicó la situación. Le dijo que no veía inconvenientes que Demyan permaneciera esa noche en el castillo para que se recuperara. La tormenta invadió la zona, y un fuerte viento acompañado por lluvia hacía que el clima fuera inhóspito. Sería solamente una noche, Sergius sabía que esa noche habría luna llena y el clima mejoraría entonces al día siguiente.
            Con el consentimiento del barón Dimitri, Marcus acompañó, antorcha en mano, a Demyan por los oscuros pasillos del castillo. A medida que avanzaban fueron encendiendo las antorchas que estaban colocadas a los costados. Marcus dejó a Demyan en su habitación. Lucía mejor, la comida caliente y la ropa abrigada hicieron que su estado y apariencia fuera otra.
            La familia del barón cenó ciervo asado en la gran sala central. Estaba iluminada por un lujoso artefacto colgante lleno de velas y adornado con cabezas de alces y grandes cuadros de marcos dorados. Una estufa era embellecida con dos espadas de plata cruzadas sobre un escudo del linaje familiar. Las ventanas eran amplias y por las mismas golpeaba fuertemente la lluvia que no aminoraba.
            Marcus apagó las antorchas, controló que todas las puertas estuvieran cerradas y se dirigió a su habitación que era lindera a la de Igor sobre el frente del castillo. Se aprestaron a dormir, pero un una manada de lobos se encontraba aullando en el frente. Igor realizó tres disparos y los lobos se alejaron. Quedó preocupado, no fue una buena señal.
            Pasada la medianoche, la tormenta se calmó y la luna llena dominaba la noche. Dentro del castillo, comenzó a escucharse extraños ruidos que provenían del piso superior. El barón Dimitri se despertó y protegió a su esposa e hijas ocultándolas por un pasadizo secreto. De inmediato se dirigió a buscar a sus criados y a su consejero Sergius. Los encontró en uno de los pasillos, los ruidos también los habían despertado. Igor encabezaba la fila con una antorcha encendida, rumbo al sector donde provenían los ruidos. La fila la cerraba Marcus con la escopeta cargada de pólvora. Notaron que la puerta de madera y hierro dónde pernoctaba Demyan había sido destrozada. Les resultaba extraño. Trozos de madera estaban esparcidos por todo el pasillo.
            -¡Que extraño! ¡Debió romper la puerta con un hacha, pero de dónde la sacó!- dijo Igor.
            -Debemos avanzar con mucho cuidado, no conocemos las intenciones del intruso -indicó Sergius moviendo su bastón.
            Avanzaron y escucharon gruñidos provenientes de una oscura sala que se accedía mediante una angosta escalera. Marcus pasó al frente de la fila, con la escopeta lista para usar. Al llegar al final de la escalera, un repentino zarpazo desarmó a Marcus.
            Igor iluminó y vieron a Demyan convertido en hombro lobo, con su cara y cuerpo deformado. Las orejas le habían crecido desproporcionadamente y los pelos cubrían su rostro. Sus ojos denotaban furia. Agazapado se preparó para el ataque. Demyan convertido en hombre lobo saltó sobre Marcus mientras Igor intentó alejarlo con el fuego de la antorcha. El barón Dimitri ayudó a Sergius a bajar la escalera y escaparon por el pasillo. El feroz hombre lobo poseía una fuerza extraordinaria. De un golpe tiró a Igor sobre la pared de piedra. Luego tomó a Marcus con sus manos e hizo lo mismo. Los criados quedaron mal heridos y tendidos sobre el piso a su merced. La bestia se arrimó y los mató cruelmente. Con la boca y garras ensangrentadas, bajó corriendo en busca de sus próximas víctimas.
            Sergius se encerró en su habitación y aseguró la puerta cruzando un pesado mueble. El barón Dimitri intentó esconderse, pero fue sorprendido por la bestia. Corrió hacia la puerta, la abrió pero cuando se decidió escapar, una decena de vampiresas intentaban ingresar al castillo por lo que cerró rápidamente la puerta. Las vampiresas eran las brujas del bosque, que acudieron a terminar con su trabajo. Habían hechizado a Demyan mientras lo mantuvieron cautivo, convirtiéndolo en hombre lobo. Lo dejaron abandonado por el camino que Igor regresaría del pueblo, sabiendo que lo auxiliaría e ingresaría al castillo.
            Las vampiresas quedaron afuera intentando forzar la puerta. Algunas se treparon ágilmente por las paredes externas e intentaron ingresar por las ventanas que estaban a gran altura. El barón Dimitri se encontraba en la gran sala central. La bestia con sus colmillos aún ensangrentados lo atacó. Pudo mantenerlo alejado con una silla. Observó las espadas de plata que estaban en la pared por encima de la estufa. Para ganar unos segundos, tomó un par de sillas y se las tiró. Mientras que el hombre lobo las eludió, pudo alcanzar una de las espadas de plata. Las vampiresas ingresaron a la sala por una de las ventanas. Su agilidad les permitía escalar por las paredes del castillo.
            Se prepararon para el ataque mientras que el hombre lobo se lanzó sobre el barón Dimitri, que estaba tendido boca arriba. Desde el piso, el barón Dimitri clavó la espada de plata en el corazón de la fiera. La bestia gritó y cayó muerto. Las vampiresas ya sin sus poderes cayeron de las paredes, convertidas nuevamente en brujas. Huyeron del castillo, con la muerte del hombre lobo todos sus hechizos habían terminado.




LA ULTIMA NOCHE

Escritores Creativos Castillo Pittamiglio 2016

Carmen Díaz

Fiesta. Noche. Visión. Desierto. Pelo. Casarse 



            La decisión de casarse ya estaba tomada. Sin embargo, aún no estaba pronta para asumir el compromiso. 
Esa sería su última velada antes de su boda.  
           Estaba perfecta; su vestido color marfil entallado a la cintura, mostraba sus cualidades femeninas y lady Evelyn lo lucía haciéndole mérito a su título. Caminaba por el salón con delicadeza; sus ademanes eran suaves; su risa prudente y recatada; su mirada sensual, provocativa, ardiente,  era sin embargo, inapropiada para la ocasión y el título que ostentaba.  

            La fiesta se celebraba en el palacio real y, como de costumbre, el motivo no era trascendente; lo importante era convocar a la alta sociedad una vez más, a exhibir su gusto refinado, y demostrar que la tradición seguía viva. Nada faltaba en una noche perfecta; buena comida y bebida, la música de salón interpretada por el músico de época, damas elegantes y caballeros codiciosos de su posición, y de su galanteo.
              Envidiada por las damas, requerida por los nobles por su arte de seducción, lady Evelyn se desplazaba por el salón con lentitud, alardeando su belleza y no perdiendo la ocasión para coquetear con los jóvenes varones.   

            De pronto se sintió atraída por una intensa mirada y, por primera vez, se incomodó. Buscó esos ojos penetrantes, y los halló en un caballero de mediana edad. Con un gesto educado inclinó su cabeza como intimidando a su galante. 
El salón estaba colmado de gente; pero lady Evelyn lo sintió desierto cuando él se acercó para ofrecerle compañía. Todo a su alrededor había desaparecido, sintiendo la música cómplice de ese ardiente deseo que se apoderaba de ella.  

            Luego de una cordial presentación, se unieron al grupo de baile, que ya había comenzado en el salón principal.   
            Se sentían flotar en un aire liviano; sus ojos se unieron en una fulgurante mirada y vio, a través de sus ojos, lo que no quería ver; no había logrado desterrar esa visión, cuando la mano de su gentil caballero se enredó en su pelo dejando caer una horquilla y libreando su dorada cabellera. Minutos después, los dedos del gentil caballero se apoyaron en su cintura y, en un desprevenido instante, los botones del vestido rodaron por la pista. La danza era cada vez más ligera. 
                       Más tarde, lejana la música, ajenos los invitados, sus manos recorrían su espalda, descubriendo un hombro y luego otro, hasta que finalmente el vestido la desnudó.  
  


  

miércoles, 27 de julio de 2016

VUELTA AL PASADO

Escritores Creativos Mónica Marchesky 2016

Águeda Gondolveu

            Cuando se abrió la puerta dudó ¿Se habría equivocado y tocó en otro lugar? Aquél  corredor húmedo, con todas las bocas de sus puertas insoportablemente iguales se le antojó un monstruo destinado a tragarlo.
            ¡Qué desolación! Mientras subía en el ruidoso ascensor hasta el 3er piso (Las escaleras estaban tan deterioradas, con varios escalones rotos que no se atrevió a utilizarlas) iba pensando en ese encuentro que había imaginado mil veces. Ni en el más rebuscado de sus sueños creyó que iba a resultarle tan penoso.
            Se vio junto a ella, aquella mañana de primavera, el sol coqueteando frente al mar, las gaviotas posadas en los mástiles de las embarcaciones del puerto del Buceo
            La contempló, tan frágil con el vestido color malva, que hacía contraste con sus ojos intensamente oscuros, los largos cabellos con los que jugaba el viento, los hombros menudos, las esbeltas piernas descalzas, recorriendo las blancas arenas de la playa cercana. El recuerdo era tan nítido que le pareció tenerla entre sus brazos como tantas veces. Habían sido tan felices, con su juventud triunfante, con sus aspiraciones, los proyectos en común y la impaciencia para llevarlos a cabo sin espera, con la premura de sus ansias.
            ¿Por qué la perdió? ¿Qué fue de aquella Thelma tan suya, tan amada?
Aquél día de setiembre habían acordado encontrarse a dos cuadras de su casa; ella le  había dicho
            -No te hagas ver, sabés que mi padre no aprueba nuestra relación
            -Estoy esperando el empleo que solicité para poder independizarme.
            -Sabés que nada me impedirá entonces estar contigo.
            -Pero mientras tanto debemos tener cautela, te ruego que lo comprendas."
¿Por qué su padre no lo aceptaba? ¿Sería porque era pobre, porque su madre se dedicaba a las tareas domésticas en casa de familia?
Él estaba orgulloso de ella, puesto que lo había sacado adelante, le había dado la oportunidad de estudiar, y ahora que se había recibido, pensaba pagarle todo lo que había hecho por él.
            Claro, Thelma pertenecía a una familia adinerada, vivían en un chalet en Carrasco y disponían de personas que efectuaban para ellos la misma labor que desempeñaba su madre.
            Ese día de la frustrada reunión estaba muy lejano, habían pasado muchos setiembres desde aquél día  en que ella no acudió a la cita. Preguntó en el barrio y le dijeron que la familia Rosales había viajado el día anterior, que su destino era Francia y que no sabían cuando pensaban regresar. Creyó volverse loco, no era posible que ella lo hubiera dejado sin explicaciones, que hubiera partido sin decirle adiós. Recurrió a la magia de juventud, abrió todas las ventanas del mundo cibernético, más ninguna de las gestiones realizadas dieron el menor resultado.

            Ahora, quince años más tarde, por intermedio de un amigo común, tuvo noticias de ella. Le dijo que vivía pobremente en aquél viejo edificio, que estaba sola y no pudo agregar nada más.
            Por eso iba a su encuentro, a buscar aquella explicación que nunca tuvo. Temía mucho a su reacción, las cosas eran distintas, para los dos. Se había cambiado de orilla, ahora él era un brillante abogado.
            Cumplió muchas de sus aspiraciones, sobre todo la de dar la  tranquilidad a su madre. Había tratado de olvidar aquél amor de juventud, cosa que nunca pudo lograr, a pesar de la inclusión en su vida de Amalia, una chica sencilla que lo amó sin condiciones. Un día en que el invierno lo invadía todo, ella tuvo que partir. No lo dejó por su voluntad, la vida marcó su fin, de eso hacía dos años.
            Volvió a la realidad. Cuando le abrió la puerta, la atónita mirada de Thelma, casi irreconocible, con anteojos, el cabello corto, el mismo cutis terso y sobre todo era mirada honda, lo congeló. El tiempo se detuvo y en su locura pensó que nada había cambiado, que las explicaciones vendrían después. En la mirada que ambos cruzaron supo que aún latía el amor y que quizás tendrían ahora su oportunidad para ser felices.    


        

lunes, 25 de julio de 2016

UN CRUCIFIJO ROTO

CARLA
Escritores Creativos Casa de los Escritores del Uruguay 2016


Pablo Silva

            Aún siento el frío de su aliento en mi nuca, recuerdo cada detalle de aquella tarde, la forma en la que me miró a los ojos mientras cruzaba.
            La conocí un invierno, en el patio del colegio. Su pelo parecía una cortina oscura suspendida sobre sus hombros, inmóvil. Como mis pupilas mientras la veía. Creo que me enamoré de ella solo por eso, aunque después, cuando la vi de cerca y aprecié su cara blanca y pecosa, de ojos amarillos inquietos, quedé sumergido. Era chico, pero lo suficientemente grande como para entender que algo en esa mirada estaba mal, y que su sonrisa era sostenida por palillos invisibles. Pero nada de eso me importaba, quería conocerla.
            Le hablé al otro día, en medio de la misa, y nos hicimos amigos.
            –Aburridísimo –. Dije. Ella ahogó su risa. Y eso fue todo.
La tarde siguiente, la chica de los ojos amarillos me habló. Me dijo que se llamaba Carla, y que no se llevaba bien con ninguna de las chiquilinas de la clase. Le dije que la entendía, a mí tampoco me caían bien. No le mentía, me parecían estiradas y forzadas, niñas en punta de pies, estirándose para alcanzar la adultez, sin darse cuenta lo bueno que era quedarse, todo lo que pudiesen, en el mundo de los niños. Pero Carla era diferente. Divertida y sincera, no le molestaba jugar conmigo al fútbol, o perderse con sus muñecas a escondidas. Ella no intentaba ser adulta, no escapaba.
Pero un día, dejé de verla.
            Fueron, si mal no recuerdo, dos meses. Noté que casi me había olvidado de su cara al volver a verla en el recreo. Estaba cabizbaja y con un ojo vendado. Cuando fui a hablarle salió corriendo, e hizo eso mismo por semanas, hasta que parece que se cansó de escapar. Pero tampoco me habló. Sin embargo no me rendía, de a poco me le acercaba con una pelota, un alfajor, o un chiste. Cerca de las vacaciones de julio volvimos a jugar juntos, como si nada hubiese pasado.
            Estaba curioso, pero nunca se me ocurrió preguntarle que sucedía, aunque sin dudas la veía cambiada.  Su pelo estaba más corto, sus ojos más apagados, y su cabeza casi siempre baja. Llevaba, como todos en el colegio, un crucifijo de madera, pero el suyo estaba partido en dos, dejándolo en la forma de una extraña T invertida. Ahora la razón me resulta evidente, el recuerdo de su ojo lastimado, pelo corto, postura defensiva y su crucifijo roto.
Cada tanto recaigo en el deseo de viajar al pasado y sacudir de los hombros o mi yo preadolescente, aun sabiendo que no tuve la culpa de nada.
            Pero la verdad era que aunque apenas la conocía, y seguramente nunca estuvo bien, Carla empeoraba mes a mes. Cada tanto faltaba una o dos semanas y volvía más retraída. A veces con su uniforme algo más gastado y casi siempre con algún pedacito menos de madera en el crucifijo, que cerca de fin de año, pensé que estaba por desaparecer. Pero nunca lo vi irse del todo. La última vez que supe de ella fue en el paseo de cierre de cursos, cuando almorzábamos en una plaza frente a la catedral. La sentí acercarse por atrás como una brisa, gritándome algo, muy contenta. No la entendí, pero cuando me di vuelta ella ya estaba corriendo camino a la calle, sonriendo, llenando sus cachetes de pecas, y con ojos de media luna. Cruzó en roja, a propósito, y yo no entendía nada. Ahora, de viejo, apenas lo entiendo. Sé que la llevaron al hospital, pero no supe más de ella, y al día de hoy, muchos años después, cada tanto la busco sin encontrarla.
            Lo único que me queda de su recuerdo son esos últimos momentos, cuando corrí a la calle para seguirla y una monja me agarró de los hombros, justo antes que saltase al cordón, mientras llegaba a alcanzar, con la punta de mi dedo índice, lo que quedaba del crucifijo de Carla, tirado en el pedregullo, de cara a la calle. Bien lejos de ella.

DESDE AÑOS SE SABE QUE…

Escritores Creativos Mónica Marchesky
Águeda Gondolveu

Desde años se sabe que las exhaustivas investigaciones que se llevaron a cabo sobre el misterioso crimen cometido en la Biblioteca del anciano millonario Antonio Morales, no habían arrojado ninguna luz sobre el autor del mismo.
Se lo conoció popularmente como “el crimen de los libros”; dado que al costado del cadáver se encontraron tres de los más conocidos de la autora Agatha Christie.
Pegado a uno de ellos, se encontró una nota escrita con letras recortadas de una revista en colores que decía: “busquen y quizás hallarán”.
Hubo en aquel tiempo un gran revuelo, pues el anciano había sido un magistrado que había presidido varios tribunales, habiendo logrado justa fama por su incesante lucha por hacer justicia.
Pesaba siempre los argumentos en forma y en contra de los acusados y se tomaba su tiempo para dictar su fallo.
Desde luego, lo primero que se trató de determinar fue cual había sido el móvil del hecho, inclinándose los que llevaban a cabo la pesquisa a pensar que se trataba de alguien a quien el juez había condenado en alguna etapa de su carrera.
Examinaron los archivos, tratando de ubicar quienes habían sido arrestados en una etapa anterior al hecho. Para ello concurrieron a los establecimientos de detención, pero siempre con un rotundo fracaso.
¿El asesino sería más inteligente que los investigadores? Parecía que el tiempo les había dado la razón.
Yo, que soy un aficionado a los relatos de misterios, en el afán de recabar material para el libro que estaba escribiendo, pensé que, si lograba arrojar luz sobre este sonado caso, conseguiría la fama que estaba buscando y publicaría con éxito la solución del mismo.
Era muy joven cuando se produjo, pero había oído a mis padres comentar que quizás en algún momento, como había ocurrido con el famoso caso de “La degollada de la Rambla Wilson” que por un vestido exhibido en una tienda de prestigio, se logró encontrar al asesino; también por algún detalle olvidado se lograría resolver éste.
Me interesé vivamente y lo primero que se me ocurrió fue concurrir a la Biblioteca Nacional, para mediante los periódicos de esa fecha, extraer lo más importante de la investigación, las declaraciones de varios reclusos y con ese material me puse a trabajar minuciosamente.
No se imaginan por qué simple detalle logré mi cometido.
Con todos los datos me dirigí a la Jefatura de Policía y presenté las pruebas que incriminaban al autor del hecho.
Me sentí muy satisfecho y desde ese momento no he dejado de publicar. El viejo magistrado puede descansar, su asesino perseguido por uno de sus jóvenes colegas cumplirá su castigo.
Hoy se cometió otro asesinato que conmocionó a la población. Me encamino al lugar del hecho. ¿Lo resolveré otra vez?


UN CRUCIFIJO ROTO

Escritores Creativos Casa de los Escritores del Uruguay

Stella Duarte
            
No entendía cómo podía ser tan fanático y a la vez tan incrédulo. Lo veía siempre solo, escondido en los últimos bancos de la iglesia. Lo esperaba cuando salía, le decía: “que no estuviera más con esa bobada, que era por mal comido que tenía esas alucinaciones”
            Me pasaba el día juntando monedas para compartir con él y comprar el vino y los refuerzos, que era para lo único que nos alcanzaba.
            Aunque lloviera e hiciera frío, siempre estaba en la vereda pidiendo monedas a los viejos que llegaban a la iglesia; pero ya estaba cansada. A la vez esperaba que un día se le fuera esa idea y terminara con esa pavada, que no lo dejaba en paz.
            Todo comenzó el día de los difuntos, que realmente “se hace plata”. Yo me tomé unos vinos y en eso empezó a hablar de que dios lo había castigado, que no tenía salvación, que no se iba a juntar con su madre.
            Él había tomado mucho y o no le daba bola y ahí salió el tema: que su madre le había dejado solo un crucifijo…éste en pedo es imbancable -pensé-, pedo religioso, jaja. Y siguió diciendo: que por eso estaba todo el día en la iglesia, y el crucifijo además, estaba roto.
            Yo le dije: ¡Mirá si vas a hacerte problemas con lo linda que es la vida!




UN CRUCIFIJO ROTO

Escritores Creativos Casa de los Escritores del Uruguay
Walter Ferrarese
            
Se acercaba la tormenta, la tarde estaba cada vez más pesada. El cielo parecía desplomarse. Los pescadores se apresuraban a volver con sus embarcaciones cargadas de pescado que venderían en el pueblo más cercano.
            Vivían todos en una comunidad de casitas modestas, levantadas con su propias manos, con piedras de los montes cercanos.
            Era una vida dura. Un día apareció un cura, que llegó como un caminante, solo con una mochila al hombro. Fue bien recibido y con su ayuda y con las mismas piedras, levantaron una pequeña capilla. El techo de la misma fue comprado y colocado entre todos los habitantes. Ahí se celebraban todos los acontecimientos del pueblo: bautismos, bodas, etc. Era el lugar de reunión social.
            Cuando llegó la tormenta, todos pensaron que sería como otras, a las que estaban acostumbrados, pero esta era la peor. El huracán se abatió sobre el poblado, destrozando todo lo que había a su paso. El techo de la capilla fue uno de los primeros en volar. Cayeron las paredes y también el pequeño altaar.
            Cuando pasó la tormenta y como testigo del desastre, quedo un crucifijo roto. Aquel que había traído el cura, y que era la única imagen de la capilla.