Responsable: Mónica Marchesky

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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Un ser imaginario en Escritores Creativos

Integrante de Escritores Creativos Casa de los Escritores del Uruguay 2017



Gustavo Buglio Arandia

Esta historia me la contó Mingo, aquel vecino que trabajaba en la NASA. Trabajaba en la NASA, solamente, él no iba en eso, es decir en los cohetes. Porque los uruguayos a los EEUU van solo de servicio.
En Punta Gorda, el plan de exterminio del General Rivera liquidó un gran bastión Charrúa. Fue esto en la batalla de Coimbra. A aquel lugar lo llamaban en charrúa: “Marujerja” que quiere decir: Cementerio de los reptiles del aire”.
Según diversos jeroglíficos charrúas, ilustraron allí, la presencia de un ser robusto y de carne fosforescente, sin garras y sin dientes, parecido al perezoso, muy pacífico, juicioso y simpático.
Recuerdo que en un tiempo las carnicerías del Uruguay vendieron carne fosforescente que ocasionaba diversos disturbios en la actividad del organismo humano.
Este ser con características nada mitológicas parece que pertenecía a un “equiromolognus supremus”, según Humboldt, cuando vino a Uruguay en el Graf Spee.

Yo le conté esta historia a una arqueóloga mexicana, quien me dijo que dicho ser se llamaba en realidad: “Catemtocuatelicoto” en terminología azteca, o podía ser también un “megaterio”…

martes, 25 de octubre de 2016

jueves, 6 de octubre de 2016

MEMORIAS DE UN ESPANTAPÁJAROS

JUEGO ELECTRÓNICO EN RED DE ESCRITORES CREATIVOS MONICA MARCHESKY II                                                        
 1. Graciela
            Él sabía que lo sabía todo, pero no estaba dispuesto a que los demás lo supieran. Mantenía su fachada de espanta pájaros bobo, lánguido, fofo, los ojos enormes para asustar a los pájaros que jamás lo respetaron y entre los cuales tenía varios amigos. Pero recordaba, lo recordaba todo, sobre ésa granja y su secreto…
    
2. Gabriela
Los primeros años habían sido hermosos, cada jornada contaba las horas oscuras, a veces frías, a veces húmedas, hasta que sentía la tibieza de las primeras luces anunciar la inminente llegada de los niños. Los tres salían corriendo de la casa y se dirigían felices hacia él. Lo saludaban, formaban rondas a su alrededor, arreglaban sus ropas, generalmente fuera de lugar, debido al viento que comúnmente soplaba temprano. Y le contaban sus cosas."Piti" lo habían bautizado. Y él también era feliz , oyendo sus conversaciones y participando, desde su quietud, de sus juegos.

3. María
El día llegó. Tener recuerdos y saberlo todo no fue el único propósito de su creación. Tampoco lo era entretener a los niños y mucho menos, espantar a los pájaros. Los recuerdos empezaron a crecer, a apoderarse y a borrar las otras sensaciones. Eran como levadura en un pan, fermentando en un recipiente demasiado pequeño. El saberlo todo empujaba hacia afuera, ordenando los recuerdos, entendiéndolos  y agrandándolos. Las lucecitas de una intención prevista y anticipada  a su total entendimiento fueron encendiéndose de a una en su interior. Era el nacimiento del impulso de la flecha tensa, prieta en el puño, apenas rozando el arco.
4. Janet
Ese nacimiento oculto en su interior, en ese nuevo ser, le daba fuerza, coraje para llevar adelante el designio que se le había profetizado. Cuando la noche ciega se cerrara sobre todos, el descendería de su estandarte, tomaría el rumbo de los maizales y perpetuaría el cometido asignado a todos los miembros de la chacra. Había llegado el momento esperado por aquellas generaciones de resignados espantapájaros.
¡No más!

5.Virginia
Sin manos había sembrado esa flecha como rumbo en la consciencia de los niños. Sin voz les había contado que para los imperturbables cielo y tierra todos somos lo mismo.
Sin pies los condujo por el fuelle único en el cual se produce la acción y fue allí donde  coloco su designio.
Plateó el sendero la luna guiando a los nietos de carne a su cruz.
Al llegar bajaron su cuerpo con arrullo y al posarlo en el suelo escucharon su último aliento invadirlo todo. Así di aviso de chacra en chacra al resto de los resignados.
La hoguera la encendió el sol y ardimos las almas nobles en uno con nuestros cuerpos todos nosotros espantapájaros en busca de un nuevo destino


domingo, 18 de septiembre de 2016

Matilde

Integrante de Escritores Creativos Casa de los Escritores de Uruguay 2016

Pablo Silva Peralta

Siempre creí que Matilde era una soñadora y yo, yo era de esos que no podía dormir.
Recuerdo haberla visto por primera vez en el velorio de un viejo canoso, despeinado y de ojos grises. Mi abuela me dijo, apretándome la mano fuerte y con la voz apagada, que le decían Gallina, pero se llamaba Abreu, y nunca nadie le decía Abreu. A mí, el viejo no me parecía en nada a una gallina, y lo único que quería era salir de ahí. Aunque no pude escapar con mis pies, como habría querido, si lo hice en los ojos de ella. 
0Estaba parada en el pasto, bajo la imperceptible sombra de un álamo moribundo. Sus pies abrían la escarcha y su mirada abría la mía sin siquiera verme. Le pregunté a mi abuela quien era ella y me mandó a callar. No volví a preguntarle, pero si volví a verla. Parecía que había vivido en mi cuadra siempre, aunque nunca la había visto hasta el velorio y después, en la escondida de esa tarde. Corrí a su lado y tiré de la manga de su vestido. Ella me dijo que no estábamos jugando a la mancha, y yo le pregunté su nombre. Me contestó "Matilde" y salió corriendo.
Al otro día no la vi, y tampoco al día siguiente, pero si al final del mes, en nochebuena.
Matilde parecía salir a la calle solo cuando estaba nublado, o al menos solo recuerdo verla así, apenas pintada por la luz gris de una tarde lluviosa o una mañana gélida, y ese día no fue diferente. Estaba sola, en el cordón de la vereda y mirado para abajo. Mamá me gritó para que fuera a tomar la leche, pero yo la ignoré. La leche no se iría, pero Matilde sí. Corrí y me senté a su lado. Ella ni levantó la cabeza, pero me dijo que se tenía que irse, y no quería. Le pregunté por qué no se quedaba y me dijo que no podía, porque ella vivía en otro lugar, un sitio con menos polvo, sin días nublados, ni escarcha, y si no regresaba, desaparecería. Mi madre gritó de nuevo y, no sé por qué, yo le di a Matilde un beso en la mejilla, y volví corriendo a mi casa.
            Un año es mucho para la vida de un chiquilín, y eso es lo que tardé en volver a verla.
            Fue en una mañana de invierno cuando salía para la escuela. Ella estaba en la esquina, con un vestido amarillo, mirando al cielo. Me paré a su lado y le pregunté donde había estado, ella me miró riendo y me dijo: en el lugar sin escarcha ni nubes. Entonces me dio un beso. Quedé quieto, como petrificado por sus labios, y no pude hacer nada al ver como un hombre alto de traje pasaba al lado de ella, la tomaba del brazo y la arrastraba a un auto. Me pareció ver que lloraba.
            Esa noche antes de dormir, fue la primera de muchas noches en la que me desvelaría, recordándola, y seguro de que no volvería a verla. Me quedé tirado en la cama, hundido en el colchón. Estiraba cada tanto la mano hacia el techo, intentando alcanzar con la punta de mis dedos la escalerita de luces amarillas y blancas que hacía el reflejo de las persianas. Pero el espacio entre mis manos y ellas se sentía denso e inalcanzable. Algunas noches, me parecía ver a Matilde al pie de ese reflejo, con un vestido de sombra,  queriendo decirme algo.

            Pero cuando creía estar a punto de tocarle la manga, siempre mis ojos se cerraban, y por esa noche, la olvidaba.