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domingo, 11 de octubre de 2015

LA CASA HELADA

Escritores Creativos Experimental de Malvín
Diego Fernández

La casa tenía, al frente, una reja caída, oxidada, un portón enclenque que el viento hacía chirriar. La fachada era musgosa, antigua, con dos jarrones de mampostería acribillados por el tiempo y era, a la vez, perpetuamente triste y otoñal.

Ella, que buscaba conmigo por esos prados del olvido, casas abandonadas donde hacer el amor como si fuéramos un par de estudiantes de bolsillos flacos. Era rubia y de pocas palabras. Yo perseguía su sexo como a la más vaporosa flor de las praderas, contenía algo acechante y violento antes de estar con ella a solas. Teníamos que hacer el amor. Las miradas hablaban de esa urgencia entonces superior al hombre. Era factible descargar nuestras ansias en esa casa decadente y vacía. Tirados en cualquier rincón, vestidos para evitar el abrazo de la humedad y el frío de años que estaba metido en ese interior manchado.

-No hay nadie en ningún de los cuartos, le dije. Todos están vacíos.
Entonces tiré mi campera al suelo y ella se acostó solícitamente. Nos besamos como dudando que existiera otra vez, sus gemidos subían, vagaban por aquel vacío mientras yo me deleitaba con su perfume corporal. Ella me decía que no me fuera nunca cuando la tuve y yo le decía que sí, que me quedaba. Todo lo que quisiera oír se lo decía aunque era evidente que muy pronto me tendría que ir. De manera que mentí hasta el éxtasis, hasta que volvió el olor a humedad, ese tedio posterior a los coitos perdidos y fugaces.

No hubo tiempo para el reproche conocido cuando empezaron a cantar las goteras y yo creí ver una sombra contra la luz aguachenta de la ventana con las persianas podridas. La silueta que había imaginado llegó por fin. Allí estaba, contemplándonos, dentro de la sucia luz del atardecer lluvioso que croaba lejos, para dar ese aullido atroz que derrumbaría aquel techo a dos aguas que ya no vacilaría entre caer y quedarse un poco más.



lunes, 21 de septiembre de 2015

EL DÍA QUE LOS RELOJES SE PARARON

Escritores Creativos Experimental de Malvín

Diego Fernández

A Pietro se le acabó la vida, murió.
Tal vez en una fracción de segundo pueda haberse enterado de que sus súplicas fueran escuchadas y logró modificar la forma, pero no su hora.
Pietro, el más chico de tres hermanos, heredero de parte de una gran fortuna familiar por derecho, en cuanto a sagacidad para los negocios y a crueldad para acrecentarlos, se embarcó a las 18:30 en un viaje de placer a pedido de su mujer en el Yate Sprint, catalogado de ultramoderno a la vista de cualquiera.

Pietro atendió la llamada de su teléfono celular a la madrugada, su mujer dormía, el piloto automático de su yate lo dirigía hacia el sur, decidió ponerse una bata y calzar sus pantuflas para salir a cubierta y atender de mejor manera a su apoderado. Debía definir si las diez mil cuadras de selva amazónica que quería comprar para cría de ganado, sería, con o sin los indígenas del lugar. Esta ecuación alteraba bastante el precio ya que debía recurrir a los servicios de un grupo de mercenarios a sueldo para dejar limpio el lugar. En definitiva, una de su muletilla más sagrada de que el pez grande se come al chico terminó por definir la encrucijada. Moviéndose de un lado a otro dando sus últimas instrucciones y sin percibir el rollo de cuerda a un costado del piso, tropezó, desprendiéndosele de la mano su teléfono celular, mientras él en un acto reflejo intentó atraparlo, cayó al agua luego de golpear contra la baranda.

-¡Socorro! ¡Socorro! –gritó Pietro.

El yate navegaba rápido. La luz de la popa menguaba. Entonces se echó a nadar tras ella con furiosa energía, deteniéndose cada doce brazadas para lanzar prolongados y enloquecidos gritos. La hélice se elevó con un burbujeo y desapareció; las aguas comenzaron a estabilizarse y quedar de nuevo en reposo. Por fin tomó plena conciencia y dejó de nadar. Estaba solo; abandonado. Pasaron casi veinte minutos y el cansancio empezó a tornarse agotamiento. Con la fatiga vino un extraño consuelo, moriría. Renunciaría a su existencia, ya que había sido abandonado así. Lo asió la muerte física y empezó a ahogarse. Agitando brazos y piernas trató de volver al aire.

-¡No puedo! ¡Oh dios, no quiero morir así! ¡Por favor, dame otra oportunidad!
La luna se abrió paso entre las nubes que la ocultaban y dejó caer un pálido y suave brillo por encima del mar.

Vertical sobre el agua, a unos metros, había un negro objeto triangular. Era una aleta. Se le acercaba lentamente.