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sábado, 13 de junio de 2015

TRAMA TENTACIÓN

Aplicación de distractor

Escritores Creativos Biblioteca Ernesto Herrera

María Cristina Bossio

Cuando éramos niñas, nos llamaban “Las mellizas”, porque habíamos nacido el mismo día, aunque con media hora de diferencia. Nos vestían iguales, íbamos al mismo colegio y nos sentábamos en el mismo banco de clase.

Nuestras tías, como madres, nos confeccionaban la ropa ellas mismas, nos hacían lindos vestidos para salir los fines de semana o para ir a los cumpleaños. Todavía recuerdo la minifalda que usé para ir al Dámaso en la época de preparatorios. ¡Aquella sarga azul interminable!
Más tarde cuando empecé a trabajar me enfundé en el uniforme que nos daba la firma. Así que el vestirme se hizo fácil para mí; no tenía que elegir mucho ni hacerme la cabeza de qué iba la moda. En realidad, no soy una persona consumista. Me compro algo cuando realmente lo necesito. Tampoco soy una esclava de lo que se usa en el momento.
Ese día me había salido mal. Había discutido con mi marido, el hijo recientemente divorciado, que vivía con nosotros ese día no le apetecía hablar y caminaba dentro de casa como si fuera un zombi.

Entonces, decidí ir de compras para aliviar la tensión y distraerme un poco. Cuando llegué al centro comercial había una cantidad de gente que se amontonaba caminando por los pasillos sin un destino fijo. Además el calor era insoportable. Los equipos de aire acondicionado no soportaban tanta cantidad de gente. Como ellos caminé y deambulé un buen rato, tratando de encontrar algo que me llamara la atención. Que si un vestido entallado, seguro que no me entraría, mis medidas habían cambiado, ya no eran las mismas de antes, que si un dos piezas, pero para qué lo quiero ahora si ya no soy más secretaria, chalinas, zapatos con plataforma. 
Todo se movía dentro de mi cabeza como una danza de objetos sin fin. Me sentía embotada, me senté a ver la gente pasar, siempre es una fuente de inspiración ver lo que hacen los demás, qué llevan puesto, y para qué, si lo necesitan de verdad…etc., etc. Los negocios nos hacen ver que tú lo necesitas, por eso está aquí y cómpralo ya, esa es la consigna.
De pronto, una prenda me deslumbró. La rodeaba una luz brillante como de mil estrellas que me guiaron al escaparate. Yo la vi y ella me vio. Elígeme, no te voy a defraudar, me dijo. Fue la gran tentación. La sal de la vida, eso que en algún momento nos apasiona y le da sentido a la jornada. No lo dudé un instante. Entré a la tienda, me la probé. Me quedaba perfecta. Era mi talle. Sin pensarlo dos veces abrí la cartera y aboné en efectivo, para no engrosar la tarjeta de crédito.

Salí contenta con mi prenda bajo el brazo y volví a casa. Cuando Flavio, mi marido me vio dijo: está lindo lo que te compraste. En cambio mi hija cuando me la vio puesta me dijo: “Pero mamá, ¿no ves que una ruana es una prenda de vieja”?


Yo, sin bajar la cabeza y por primera vez dejé caer sus palabras en saco roto. Como era la hora de la siesta me quedé sola, me senté en el sillón con mi ruana nuevecita, mi gato en el regazo y un hermoso libro que había sacado ese día de la Biblioteca Ernesto Herrera. 
Pensé ahora sí puedo esperar a Don invierno y una sonrisa involuntaria salió de mi boca en agradecimiento a ese llamado que me hizo la prenda desde el escaparate, exclusivamente para mí.

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