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martes, 16 de junio de 2015

TRAMA TENTACIÓN

Escritores Creativos Biblioteca Ernesto Herrera
Águeda Gondolveu

No sé cómo ocurrió. Doy vuelta en mi memoria y todo parece tan lejano, como si le hubiera pasado a otro, no a mí.
Siempre sostuve que hay que tener una vida digna, no apartarse de los valores, que en lo simple se centra la verdadera felicidad. He sido un esposo fiel, un buen padre. Mis dos hijos fueron siempre mi orgullo y mi alegría.
Mi vida ha transcurrido por carriles normales, del  trabajo a casa, a la tranquilidad del hogar.
En ocasión, reuniones con amigos, un asado, una copa, una cena con la familia, todo eso representó mi mundo hasta ese día.
Esa tarde, González, mi compañero de oficina me pidió que fuera a su casa porque deseaba que le diera una idea para la adquisición de un cuadro, dado que conocía mi afición por el arte.

Fuimos en su coche; la casa estaba ubicada en pleno barrio de Pocitos, un moderno apartamento amoblado con gusto y carente del detalle por el cual solicitaba mi opinión.
Me presentó a su esposa, Julia, una preciosa morena que me produjo un fuerte impacto.
Me pareció que ella respondía a mi insistente mirada, no quería, pero mis ojos no podían apartarse de su persona; sus ojos grises, su cabello negro, su cuello grácil, toda su figura me atraía como in imán.
Quería prestar atención a las preguntas de mi compañero, pero mi mente estaba en otra parte, preso de su magnetismo, de su seducción.

Ella me dijo sonriendo: Sentate, ¿Qué te puedo servir? No sé qué contesté, pero me vi ante un vaso de refresco y un trozo de torta que no sé siquiera de que gusto era.
Le sugerí a González un par de cuadros que armonizarían con el ambiente seleccionado y, me apresuré a despedirme. Al llegar a casa no me sentí como siempre, contento. Mi esposa, solícita me preguntó cómo había sido mi día.
-Bien –contesté en forma maquinal.
-¿Qué te pasa Eduardo? ¿Tenés algún problema? ¿Todo bien en la oficina?
-Estoy cansado –respondí.

No sé cómo pude sentarme a la mesa, no quería estar allí, sino en aquel apartamento de Pocitos, que sabía iba a volver a visitar. El pretexto sería por supuesto el cuadro, pero ¿Cómo haría para verla a solas?...solo para conversar, me dije, total, eso no tenía nada de particular, sería un cambio de opiniones no más.
La ocasión se me presentó a los pocos días, cuando a González le encomendaron una tarea que implicaba un viaje de dos días a Colonia.
Esa tarde me presenté en su casa llevando nuevas fotos de pinturas con el fin de que Julia las examinara.

-Pasá –me dijo- mi marido no está.
-Ya lo sé, pero no sé qué me pasó desde el momento que te vi. No puedo sacarte de mi mente.
-Sabés que a mí me pasó lo mismo. Acostumbrada a la rutina de un matrimonio sin emociones, el ver en tus ojos ese brillo de admiración me hizo sentir distinta, deseable. No me había pasado otras veces, te lo aseguro.
-Quiero quedarme esta noche contigo.
-¿Te parece que esté bien?...es una locura.
-Nadie se va a enterar. Te necesito, quiero mirarme en tus ojos y acariciar tu piel.

Así sin más, ocurrió. Un torbellino de emociones se apoderó de mí y no vi nada más que esa mujer que me había trastornado.
Viví un romance a escondidas, robando el tiempo de mi familia y pensando que tenía derecho a vivir esa pasión.
Sin embargo no podía evitar la sensación de culpa que me asaltaba a veces, pero era más fuerte la tentación de lo prohibido.
¿Cómo terminó esta locura? Mirando los ojos de mi mujer, tan limpios, tan transparentes.

Tomé la gran decisión; cortar por lo sano y sentí un alivio enorme. Comprendí que nunca había dejado de amar a mi esposa, que mis hijos me arrastraban a ese hogar, que estuve a punto de destruir.

Fue difícil para la mujer que desató mi locura la ruptura, pero le hice comprender que esa vorágine que nos envolvió, me hizo notar cual era nuestro camino.


Ahora, pasada esta etapa he madurado y también aprendí pese a la rigidez de mis principios, esos que siempre había sostenido, que la tentación está al alcance de la mano, que todos alguna vez hemos sucumbido a ella. Yo debí poder sustraerme, pero por fortuna estoy a tiempo de reconstruir lo que por mi insensatez estuve a punto de perder para siempre.

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